Mis canciones, mi poesía...

En los pensamientos nos reuniremos, a través de la música seremos.

Esta melodía tiene una historia simple, una ocasión estando frente a uno de los cuadros que se montarían para una de las exposiciones de la semana de Psicología que tradicionalmente se realizaban en la Preparatoria #3 “Justo Sierra” en el turno matutino, me empezó a surgir una idea al tiempo que se acompañaba de una emoción de nostalgia y de recuerdos de seres que poco a poco van dejando su espacio y su cuerpo para que el ciclo invariable de la vida siga su curso; entonces algunas frases se vinieron y así una tras otra hasta completar unas estrofas que le dieron forma a mis emociones e ideas. Después ya en casa, tomé la guitarra y empecé llenar la frases de ritmo y melodía. Así fue como surgió “A dónde iré”, una de mis composiciones predilectas.
Cuando la vida se torna áspera y uno tiene que enfrentar un ambiente árido es vital no perder la confianza de que un espíritu fuerte puede mantenernos en pie aun en la peor de las violencias y tempestades; es vital no entregarse al vacío y al dolor, no dejar que el desierto nos inunde, es necesario tener la entereza para insistir en que la razón y la prudencia de nuestros actos podrán ser semillas que penetren en la esterilidad del suelo, tanto como para cambiar desiertos.
Cuando Dalia, mi hija mayor apenas tenía unos cuantos meses de nacida, no podía evitar el embelesarme observándola en su cuna con esa tranquilidad, con su suave respirar y su rostro tan puro y perfecto. Fue entonces que una maraña de sentimientos hermosos me atraparon y le escribí unos versos y una canción. Hoy esta canción tiene una protagonista más: Dana, y se vuelve necesario compartir la fuente de la inspiración y la creación misma para este nuevo motivo pequeño que acompaña mi vida.
Algunas veces he llegado a comentar lo difícil que es afrontar con total entereza un fin de curso para un profesor que se ha comprometido más allá de lo “necesario” con sus clases. Me refiero al hecho de entregarse como profesor y como ser humano que se congratula de hacer de las clases una forma de compartir el conocimiento y la vida, puesto que dentro del aula la experiencias vienen y van para enriquecer la perspectiva de los actores en la construcción del conocimiento. ¿Por qué es difícil concluir un curso? Al leer la letra de la canción “El fin de curso” se pueden hallar no una sino múltiples respuestas. A veces es doloroso para el “Profe” separarse de la simpatía, la amistad y es estilo creado para cada uno de sus grupos durante el transcurso del año escolar. Pero al igual es motivo de tristeza para muchos estudiantes hacerse a la idea de cambiar de “aires” y comenzar de nueva cuenta la aventura de conocer, de explorar nuevos ambientes, nuevas genialidades; y claro que también temer probables inadaptaciones y fracasos. Entre tantas cosas que pueden quedar de un curso, estoy convencido que los buenos conocimientos quedan, pero estos bien sabemos que en muchos de los casos serán olvidados, y no por su “inutilidad”, sino porque el medio laboral exige cada vez más la sobre especialización en un área particular, como si la cultura general no brindará un soporte para imprimir más creatividad y posibilidades al trabajo. Esta especialización de habilidades y conocimientos llevan rápidamente al desuso de lo aprendido y en consecuencia a su irremediable atrofiamiento. Es por esto que los valores adquiridos a través del diario convivir en las clases se torna, eso creo, sumamente importante. Y baste decir que cualquiera de nosotros puede recordar más fácilmente a los profesores de nuestro bachillerato al cabo de los años, por sus recomendaciones, valores morales, la amistad y el respeto generados, que por los propios conocimientos. Yo bien Recuerdo a varios de mis profesores del C.C.H. por sus actitudes y los valores que impregnaron en mí por medio de la filosofía que discurría en sus clases, y hasta de su propia filosofía ante la vida. Nunca olvidaré al Maestro de Ética Simón Espinosa, que no sólo me hizo redescubrir el valor de la disciplina, sino por igual el compromiso pasional que uno debe tener con el acto inteligente de conocer; también que decir del Maestro Miguel Angel Arrazola, que desde el inicio hasta la mitad de mi carrera, me motivo con su genio, buen humor y excelsos conocimientos. A través de él pude saber el valor y uso que puede tener el conocimiento en la vida, pero sobretodo en la conformación de la personalidad, y principalmente en la personalidad de un psicólogo. Miguel era de los mejores y sin problema alguno también el mejor amigo. Con él la clase nunca se intelectualizaba de forma fría e impersonal, como suele suceder con algunos profesores que con poses acartonadas y sofisticadas quieren obtener el status que “según” merecen sus conocimientos. Él no necesitaba de eso porque todo era profundidad y sencillez. Podría decir que de él aprendí el estilo fresco y natural que se debe tener en toda enseñanza, de cualquier nivel y en cualquier tema. Y aunque tal vez sobre decirlo, siempre fue y será merecedor de mi respeto y admiración porque Maestros como él hacen verdadera historia para quién tiene la dicha de compartir sus enseñanzas y amistad. ¡Salve buen Miguel! Esta melodía es para todos aquellos alumnos que han pasado por un salón, por una o muchas clases, para uno o muchos profesores, para los compañeros de estudio, a los que alguna vez se ha querido y extrañado. A todos y para todos.
Esta versión fue instrumentada en su totalidad por Demían Reyes, un antiguo alumno, un gran amigo, un emorme y gran músico. ¡Gracias mi hermano, gracias mi carnal!
La primer melodía que compuse con letra, allá en el año de 1985, en honor a mi amor platónico: Elizabeth Guinea Rivera. Como ustedes dirían en estos tiempos mi "Crush". Curioso que después de haber terminado el CCH nos vimos en un parque y con guitarra en mano se la canté, pero... no ocurrió nada más, típico de los amores platónicos, porque de lo contrario dejarían de serlo.
En alguna ocasión un sueño curioso me despertó en la noche y me inspiró para escribir esta melodía que narra la vida de un hijo que se pierde por senderos equivocados hasta el inevitable desenlace.
Esta melodía la compuse en honor a mi gran hermano en la Docencia: Eduardo Vázquez Paredes. Un gran Maestro que a partir de agosto de 2019 se jubiló, dejando una huella imborrable en la Preparatoria 3.
Ya atrás les hablé de mi buen camarada Gary (y no es que seamos “comunistas”). Pues bien, casi después de dos años de que él egresó, fue a una de esas tantas visitas que acostumbraba a hacerme, y fue ahí, el salón A-202, que conoció a Raquel, una de mis alumnas de ese entonces. Así fue que las visitas de mi gran amigo se incrementaron en frecuencia por arte de magia. Y no dudo que realmente fuera a verme a mí, y que de paso, sólo de paso, visitara a Raquel para intentar hacer crecer lazos de afecto que lo condujeran al sendero del amor. Gary cayó profundo y por mucho tiempo en un pozo donde respiraba, veía y hablaba de Raquel ; de algún modo lo comprendí, porque es era una chica con profundos valores y tan apacible y armoniosa que sería imposible no profesarle un sentimiento de admiración, un afecto incondicional. O tal vez cayó bajo el hechizo de sus ojos de “gato”; claros, a veces de miel, a veces de verde mar. A la par de estas circunstancias la amistad entre Raquel, Frida y Silvia, mis tres mosqueteras amigas, se fortaleció. Fue entonces cuando bajo la inspiración del amor Gary llegó con un arreglo en piano intentando componer una melodía para Raquel; y a partir de ese arreglo, de esos acordes, nació “Mi pasión por ti”, su pasión por Raquel, mi pasión por el amor y por el afecto entregado en un hermoso círculo de amistad.
¿Cómo surgió? Quién no ha dejado escapar una lágrima cuando un momento de melancolía invade los instantes de una escena romántica de un filme, de una melodía o hasta de una experiencia que nos envuelve de alegría o tristeza. Así sucedió cuando una tarde asistí a una sala de cine y sin esperar demasiado de una película, la cual ni siquiera elegí por gusto, sino porque era la opción aparentemente menos tediosa; quede tan emocionado, tan inspirado por haber descubierto en esta cinta (Entrevista con el vampiro con Tom Cruise y Brad Pitt) un amor épico lleno de tantos contrastes, como el odio y la pasión, la inocencia y la maldad, la inteligencia y el horror, la injusticia y el dolor. Tantos y tan encontrados sentimientos se presentaron que parecía que la tarea de conjugarlos era tremendamente imposible. Aquellos que habrán visto la película, sabrán de inmediato que me refiero al amor que la pequeña Claudia le profesa romántica y pasionalmente a Louis. Él es convencido por Lestat (un vampiro audaz, sensual y terrible) para aceptar una vida eterna y llena de sangre; muchos años después, Louis desesperado por no aceptar su forma de vida sale a la calle y entre su desesperación encuentra moribunda a la pequeña Claudia. Sus padres ya muertos no pueden recibir la ayuda que ella pide, pero si recibe a cambio los colmillos de Louis para sumirla en la paz de la muerte como un gesto de generosidad que le aleje del sufrimiento; sin embargo, Lestat rescata a Claudia antes de morir y la revive compartiendo su sangre con ella, es así como Claudia se convierte en una pequeña vampiro que acompañará a Louis y Lestat hasta llegada la hora de su muerte. Después de muchos años Claudia se da cuenta que jamás podrá crecer y llegar a ser una mujer, la cual podría amar a Louis sin restricciones. Esa es la razón que le lleva a matar a Lestat en un acto de venganza. Claudia y Louis escapan a Europa donde un clan de vampiros descubre el asesinato de Lestat y condenan a la pequeña Claudia a morir bajo la luz de los primeros rayos del día convirtiéndose en ceniza, en polvo. Es así como la pequeña Claudia será vengada por su amado Louis destruyendo a aquellos que le robaron ese amor que nunca podría ser total, pero que sin embargo era su felicidad. Fue así como tomé la guitarra y comencé a rasgar algunos acordes de los cuales surgió “Mi pequeña Claudia”, que si bien jamás podrá expresar todas las sensaciones que pueden surgir de un romance casi tan perfecto, tal vez si logré hacer sentir, hacer saber lo que el amor logra al trascender e imponerse al dolor, al olvido...
Hace ya más de 14 años tuve como alumnos en mi clase de Psicología a dos personajes que han sido parte fundamental en la creación de algunas melodías como es el caso de “Regresa por mí”, ellos son Gary y Edgar. En aquel tiempo era fin de curso y se leía en la Gaceta de la ENP una convocatoria para ingresar un concurso de canto y composición. Es más recuerdo que era la primera vez que sabía de un concurso así. La inscripción sólo estaba abierta para los alumnos inscritos en algún grado de la Preparatoria. Aun así que empecé a tararear con la guitarra un estribillo del cual salieron los primeros acordes y líneas de “Regresa por mí”. La intención inicial era ayudar a Gary y Edgar a componer una melodía dándoles únicamente una base y sugerencia para que ellos pudieran crear una canción y después concursar como era su intención. El proyecto nunca prosiguió, y algunos días después ya sin la idea de inscribir la canción en concurso alguno, les presenté a mis amigos (ya no alumnos) el producto final al cual Edgar le agregó un arreglo sencillo, que iba y va totalmente a tono, con lo empalagoso de la propia canción. Tal vez para algunos, esta referencia no signifique más que papel y trozos de letras sin razón suficiente para estar ahí, sin embargo , lo que sí puedo asegurar es que es solo una pequeña muestra de que en el espacio tan completo de la escuela, de las aulas, se comparten más que enseñanzas y aprendizajes; se comparte la vida, la amistad , las risas, los triunfos y también el llanto por alegría, por tristeza, pero también el llanto por el llanto mismo.
Cover de una canción de Ricardo Arjona que se presentó en uno de los Desconciertos de fin de año.
Musicalización a un soneto de Sor Juana. Esto fue a petición de unas alumnas que me pidieron apoyo para un trabajo escolar.
“Algunas veces mis sentidos pueden sobreponerse a mi razón, de forma que la locura sea la aventura en que me enredo día a día, dejando que mi rostro sea abrazado por los rayos del Sol sin que las máscaras del pudor me aten en su prisión”.
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